Veinticuatro otoños grises.
Han pasado veinticuatro otoños grises
desde la tarde de aquel en que vine al mundo.
Entre sangre y gritos vine, entre el dolor de mi madre,
entre la angustia de mi padre y la fiesta de un pueblo.
He vivido bien, mejor de lo que alguien con mi estampa
habría pensado que se podía vivir, pero lo he desperdiciado,
mucho de todo ello se ha perdido y mucho más he encontrado,
no cabe aquí lugar para hablar de ganancias, aún no es hora.
Fui, hace no mucho, lo que se podría calificar como imbécil,
y sin pena lo digo, acostumbrado desde la cuna y el hogar
a obtener sin esfuerzo, a pedir sin miramientos,
cuanto mal me hice a mi mismo todos esos años.
Nada es para siempre y una tarde negra lo perdí todo,
la analogía de las ratas que abandonan el barco
es lo más adecuado para hablar de lo que nos pasó,
la soledad es la única compañía de unos bolsillos vacíos.
Después de ahí, todo fue un deambular, un vagar,
huir sin rumbo fijo, estuve lejos un tiempo, me rebajé,
ahí donde nadie sabía mi nombre ni mi proceder
vendí por una cama maltrecha y algo parecido a una sopa
la pizca de dignidad que me quedaba.
Fueron tiempos oscuros, nada tenía sentido
ni lo necesitaba tener, hubo vicios sin duda,
hubo mujeres que se vendían por un cigarro forjado
y otras que te lo ofrecían a cambio de lo mismo.
Hasta que un día me harté de todo eso.
No atino a decir porque fue que volví, ni yo lo sé,
pero un día gasté lo único que tenía en un boleto de vuelta,
supongo que la vergüenza también la perdí allá,
así como un par de zapatos y una guitarra.
Dicen que cuando llegas al fondo, lo único que queda es subir,
y aunque ya no era lo mismo, tampoco me esforzaba mucho
vivía al día y alimentaba mis vicios y mis anhelos,
pero a pesar de todo me sentía estancado.
Ese fue un lapso neutro hasta hace poco, lineal y aburrido,
en parte debido a un pequeño desempleo y en mi propio
ensimismamiento que me convirtió en un ser algo antisocial,
que creo es debido a lo que antes pasó, es cierto, aún hay heridas,
nada cicatriza tan lento como un orgullo herido.
Hace poco me di la oportunidad de volver a confiar,
no es fácil, abundan seres como las ratas de mis recuerdos,
pero entre tanta inmundicia hay seres que brillan,
que sin importar nada te dedican una sonrisa, que están ahí
aún en tu peor momento para alumbrar tu camino.
Gracias a un par de ellas yo he vuelto a entenderme,
a conocerme y a respetarme, no fue sencillo,
estaba yo tan vacío y tan destruido por dentro.
Hace poco la revelación vino a mi desde adentro,
como un goteo que siempre se ignora pero que termina
por romper la tubería e inundar la casa,
¿Ésto era todo lo que yo era, lo que soy y lo que podría ser?
Mentiría si dijera que no me deprimió verme al espejo,
reconocerme y ver que los años no son en vano.
Pero no iba a caer en el mismo juego de la otra vez,
destruir lo poco que soy solo por sentirme miserable
no es la solución que estoy buscando.
He de construir un mejor hombre para el yo de mañana.
También mentiría si dijera que hago todo esto sólo por mi,
porque no es así, lo hago por los que vinieron antes de mi,
por lo que me trajeron aquí y por quienes vienen después de mí.
Lo hago porque más que mi deber es mi deseo.
Ya no me importan aquellos que en mi pasado me hicieron daño,
no me importan quienes en mi presente no aportan nada
y no me importan lo que no pretenden quedarse a futuro.
Me importan los que están aquí, conmigo, cerca de mi pecho,
de la máquina de sueños y vida que me sostiene.
A ellos debo mi vida, a ellos les debo todas las explicaciones,
mis esfuerzos, mis planes, mi futuro, porque éste no es para mi solo,
he de compartirlo con ellos y yo quiero ser su roca, su fortaleza,
no quiero volver a ser el lastre ni la angustia de nadie.
Si he de pasar lo que me resta de vida trabajando, que así sea,
no voy a abandonar mis sueños, porque son lo que me mantiene cuerdo,
he de encontrar la manera de que todo se armonice,
de que todo tenga su momento y su lugar.
Supongo que es parte de madurar, de crecer y seguir adelante,
de dejar de pensar como niños y de ser coherentes con todos,
no sé como sea que la madurez llegue a cada hombre,
pero a mi parece haberme llegado toda de golpe,
como si pensar en lo que estaré haciendo en seis años
fuera mucho más apremiante que pensar
en la fiesta del fin de semana siguiente.
Y se que en algún momento me casaré y tendré hijos,
pero cuando llegue ese momento no quiero encontrarme así,
así como hoy, tan incompleto, tan vulnerable, tan pequeño.
Yo vengo de una familia rota, donde la discordia se sembró
casi apenas y las cosas empezaban a ir bien,
las intrigas y la avaricia vinieron a terminar el trabajo.
Yo no quiero continuar un legado como el que arrastro,
quiero hacer las cosas bien, y aun a riesgo de sonar estúpido,
quiero un amor que dure toda la vida, aún con peleas,
diferencias y discusiones, pero que no se contamine
con la pútrida semilla del odio y el rencor.
Yo soy un practicante de cierta filosofía de vida,
y sé que lo que doy a los otros es lo que recibo de la vida,
por eso a quienes lleguen éstas líneas, sepan que los quiero
que los aprecio y los estimo desde el fondo de mi alma inmortal,
porque allá a donde vaya, sea aquí o cuando me haya ido
a la morada de los sabios y los virtuosos,
cuando piense en ustedes, siempre, una sonrisa iluminará mi rostro.
Paliacci.
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