Al filo de un buen tabaco.
De unos ayeres hacia acá...
Y veo al sol rojo caminar por el firmamento,
abriéndose paso entre las nubes,
abatido por otro día de su cansada travesía
a lo largo del cielo.
Doy otra calada al cigarro,
aspiro ese humo que me tranquiliza,
me ayuda a pensar y se lleva años de mi vida,
con cada inhalada.
Lo retengo en mis pulmones y lo dejo salir despacio
para sentir su sabor de nuevo al salir por mi boca.
Las nubes toman formas curiosas
mientras cambian de tono al pasar las horas,
mientras se hace de noche,
cambian de rojo a rosa, violeta, lila,
hasta volverse grises en la oscuridad
y se iluminadas por el fantasma de la luna.
Miro la ciudad que antes era tonos pardos,
ahora todo es luz y colores vivos,
el ruido de los autos, su andar por esas redes
de asfalto, concreto y numerosos baches.
Y respiro de nueva cuenta ese humo
que abrasa mi interior con su suave esencia,
lo acerco a mi boca, lo inhalo, lo libero
y su esencia se queda conmigo en mi saliva,
en mi boca, entre mis dientes,
para recordarme porque lo hago,
porque lo inhalo cada vez que puedo
antes de que se consuma por la brisa
de la noche en mi ventana del quinto piso.
Aspiro un poco más de ese suave veneno,
que calma mi mente como si el humo
se llevase consigo todas mis preocupaciones,
mis temores, mis dudas y dilemas,
palabras que se lleva el viento arrastradas
en una alfombra carbonosa y alquitranosa,
no hay más magia que esa.
Ese humo parece llevárselo todo,
un gran amor perdido
- desaparece tras del humo -
las rencillas familiares
- se van con las volutas de carbón -
los problemas personales
- en la siguiente bocanada -.
Y bocanada tras bocanada de suave muerte anticipada
se llevan pedazos de ansiedad, de intranquilidad y desamparo,
en esta tarde-noche solitaria al filo de un buen tabaco.
Luis.
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