Brujas

Luego de un pequeño paro de labores literarias y un leve reajuste de la dirección del rumbo que he de tomar a futuro por fin les entrego éste que es el último cuento escrito por mi a la fecha, vendrán más luego eso espero.

El recuerdo de aquella noche jamás abandonaría la mente de Esteban, aún cuando habían pasado ya varias semanas, seguía ahí, tan nítida como la primera vez. Su risa, su alocada risa, seguía haciendo eco dentro de su mente y sus ojos, esos ojos que le perseguían en pesadillas, sus profundas pupilas que parecían arrastrarlo al más profundo de los abismos. No había droga que pudiera emborrachar o distraer su mente, noche tras noche, ocaso tras ocaso seguían ahí, arañando sus sueños, ocultas entre las sombras, en el maullido de un gato, en el ulular de un búho, insolentes, ufanas, burlonas brujas del demonio, pérfidas hijas de la noche y ahí entre las sábanas, estaba inquieto el insomne Esteban.
Esa noche no era distinta a las anteriores, ojeroso, Esteban maldecía su suerte y los caprichos del destino, la excusa vaga para ni tomar cartas en el asunto ni hacerse responsable del mismo. La noche que lo marcó para siempre era una cálida noche de abril, el ocioso Esteban volvía de la casa de una joven a quien pretendía y juraba amores, ya estaba entrada la noche cuando atravesaba un campo desierto, la falta de gente y las nubes en el cielo otorgaban a su andar una oscuridad casi plena, el sonido de sus pasos era acompañado por el canto de los grillos, el zumbar de las moscas, algún caballo lejano y la tonada que él mismo iba silbando, hasta que a la distancia pudo ver un par de puntos verdes que se mantenían juntos, que se apagaban juntos y que se movían a la par, los diabólicos ojos verdes de un gato gris, que viéndolo acercarse ronroneaba, una vez recuperada la compostura del susto Esteban sonrió al pequeño animal y continuó su camino indiferente al hecho que el gato había echado a andar detrás de él.
La sospecha de que algo andaba mal  tardó un poco en llegar, no fue sino hasta que Esteban cayó en la cuenta que las nubes eran más densas, que el aire estaba cargado de una frialdad palpable y que no había más ruido a su alrededor que el sonido de sus pies sobre el camino y el tenue silbido del viento detrás de él. De pronto el maullido del gato detrás suyo le sobresaltó, le rodeaban el silencio y la noche y ahí a sus pies se hallaba el felino mirándolo con sus brillantes ojos verdes, el cual súbitamente apartó la vista y se quedó mirando un punto lejano entre las penumbras, Esteban siguió su mirada hacia unos árboles, donde más allá en lo profundo del bosque una luz brillaba, el gato echó a andar en esa dirección, seguido luego por el hombre que había sido arrastrado por la curiosidad, corrió el gato cuando se vio perseguido por Esteban, se movía a una velocidad que parecía imposible para sus pequeñas patas, se internó en el bosque y se perdió de vista para su jadeante perseguidor que hallaba en aquel primer árbol el soporte ideal para su cansancio.
El gato se había ido, pero no así la curiosidad del hombre, lo que fuese que se hallara en medio de aquel bosque aun brillaba con innumerables tonos de colores,  a veces azul, luego rojo, pasado por el verde y toda una gama de colores que parecían danzar en el aire, Esteban echó a andar, decidido a averiguar que era aquello y a donde había ido a parar aquel gato, el bosque estaba tan silencioso como el camino, salvo por los búhos que lo miraban silenciosos, arrebatados en sus huecos de los árboles o expectantes sobre las ramas, con sus alas extendidas y sus ojos que parecían una expresión de reproche, cuanto se arrepentía ahora de no haber tenido a esas aves de mal augurio, de no haber entendido sus aleteos como un "lárgate de aquí y regresa por donde viniste", pero no, él continuó su camino embelesado por esas luces. Cuanto más cerca se hallaba del origen de aquel fulgor fantasmal, se oían un murmullo, débil al principio, pero más fuerte a cada paso, eran cantos, se trataba de una tonada gutural, melodiosa y repetitiva que parecía impulsar con más bríos a sus pies.
Y entonces llegó  al claro de donde procedía la luz, cegado por su inmenso brillo apenas veía unas siluetas que bailaban y cantaba alrededor de una enorme hoguera que se elevaba varios metros del suelo cuyas flamas cambiaban de color y parecían danzar al ritmo de las pequeñas figuras alrededor. Momentos después cuando sus ojos se acostumbraban al incandescente brillo pude distinguir las siluetas con claridad, eran mujeres desnudas quienes bailaban, todas ellas hermosas, las había de todo tipo, aquellas cuya piel era tan blanca como la leche, había morenas y aquellas que se confunden con la noche, había rubias, morenas, pelirrojas besadas por el fuego y entre todas aquellas mujeres danzantes la vio de pronto, su melena de rizos pardos se agitaba entre el viento y el fuego, sus caderas se movían al compás de ese baile frenético dejando ver sus pliegues y sus formas, el embeleso de Esteban fue rotundo ante la imagen de sus pechos, de sus pezones de fresa que marcaban el ritmo de la música y los latidos del corazón del hombre que no cabía en su asombro, fue en ese instante que sus ojos verdes se posaron en los de él, esos sus tan hermosos ojos que parecían mirarle directo al alma, ella sonrió, rompió el círculo y fue girando y danzando hacia él, sólo cuando estaba a un palmo de su rostro Esteban reconoció esos ojos de gata, que brillaban en la penumbra de la noche y sintió miedo por un instante, hasta que ésta le rodeo el cuello con sus brazos y abrasó su cuerpo con su desnudez y su calor, éste no pudo hacer más que acariciar su tersa piel y perderse en sus caricias cuando ella le dijo al oído, con esa melodiosa y dulce voz, "¡oh mi amado Esteban!, sabía que vendrías, sabía que me encontrarías aquí, comparte mi lecho esta noche y quédate conmigo para siempre".
Presa de la lujuria Esteban se despojó de su ropa y la siguió en su baile alrededor de la hoguera, fundidos en un abrazo de roces y caricias lascivas,  de una batalla de lenguas y jadeos, ignorantes de los otros hombres un llegaban al claro y cada una de ellas, las otras, les acogía y les hacía partícipes de su danza, de sus cuerpos, de su deseo, no, Esteban sólo era consciente de ella, de sus gemidos, de sus senos en sus manos, del dulce roce de la piel de sus nalgas, de su humedad que daba cabida a su firmeza, de la explosión en su interior con cada uno de sus orgasmos, mientras la hoguera seguía danzando.
Pero llegó el momento en que las llamas cesaron su danza y comenzaron a extinguirse,  y rendida como estaba sobre él, volteó a verlas y luego volvió su vista a él, "la he pasado bien Esteban - le dijo - es una lástima que todo tenga que terminar así", "¿así cómo?" preguntó éste, pero no fue necesaria una respuesta de sus labios, la mujer de la pareja de al lado le abría el pecho a su amante, el crujir de las costillas al romperse sería inolvidable, así como la risa de la mujer mientras lo hacía, era una risa maníaca, la risa de alguien que hace mucho había perdido la cabeza. Esteban lo vio todo, la sangre, la carne que aun colgaba de sus largas uñas, pero lo que más tenía claro era la cara de satisfacción con que la mujer devoraba el sangrante corazón del pobre infeliz que yacía bajo ella. El pánico inundó su mente al sentir el dolor de las uñas de esa mujer clavarse en su pecho, "no te sientas mal amado mío, hemos sido plenamente felices esta noche, muchos darían la vida por tener lo que tú has tenido, ¿no es un precio justo por tu muerte?",  Esteban quiso gritar que no, que había muchas personas que lo necesitaban, pero las palabras se le atoraron en la garganta, su silencio en cambio fue más provechoso, enmudecido como estaba escuchó los gritos de algún otro que estaba siendo masacrado, a bruja que se posaba sobre su vientre se distrajo un instante, apenas el tiempo suficiente para que se la quitara de encima y saliera corriendo de ahí, "¡no importa donde vayas, tu corazón es mío Esteban, siempre lo será!", alcanzó a escuchar mientras se internaba en el bosque, seguido de decenas de risas maniáticas que retumbaban  a través de los árboles al despuntar el alba.
Nadie en el pueblo le creyó su historia, era difícil porque llegó desnudo y balbuceando incoherencias a primera hora de la mañana y todos lo tomaron como un ebrio cualquiera, pero él sabe que están ahí, ocultas susurrando proposiciones al oído de algún descuidado incauto y que además está ella, esperando en la noche, con sus ojos verdes y su melena gris, esperándolo, hermosa como ninguna, mortal como siempre.

Paliacci.

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