Corazón

Isabela no tuvo una vida fácil, había quedado huérfana cuando apenas era una niña, la vida en los orfanatos está llena de privaciones, de ilusiones rotas y de un futuro incierto. Su adolescencia fue incluso más complicada, con el desarrollo de su cuerpo vienen no siempre cosas buenas, cómo solían decir las monjas, una pareja la había adoptado pero por desgracia el hombre la había violado y la mujer la había llevado a un burdel para vender su cuerpo, era imposible imaginar un ápice de felicidad en una vida como la suya.

Entonces fue que conoció a Mario, él trabajaba para una organización dedicada a rescatar niños de la calle y mujeres explotadas, justo el día que, junto con policías y granaderos, irrumpió en la casa de la madama donde Isabela era ofrecida al mejor postor. Todos los implicados fueron arrestados y las mujeres llevadas a casas hogar.

Mario se encargaba de visitarlas, saber que estuvieran a gusto y que aprendieran algún oficio que los alejara de la mala vida en que habían sido arrastradas. Fue ahí que Isabela se enamoro de él, de su forma tranquila de hablar con ella, que supiera hacerla reír aunque no tuviese ni las más mínimas ganas, era según ella, el hombre perfecto, atento, cordial, cariñoso, comprensivo. Sólo tenia un defecto que en ese momento ella no sabia, el estaba casado, tenia una familia. Cuando lo supo enloqueció de celos; ¿como era posible que tuviera una familia, una esposa, una vida sin ella?, se preguntaba cada noche, ella antes creía que cada momento que pasaba a su lado era especial para ambos, no sólo para ella, su celos se tornaron en coraje, el coraje en rabia y finalmente la rabia se había vuelto locura, locura tangible y palpable, Mario debía pagar por engañarla, sería sólo para ella o de nadie más.

Un martes Mario había ido al albergue como casi todos los días, había hablado con todos los que se encontraban ahí incuso con Isabela quien se porto con normalidad, él partió del albergue en su camioneta; manejaba por la carretera y los bosques circundantes cuando notó un destello proveniente de la parte trasera. Isabela saltó hacia él cuchillo en mano sin darle tiempo a nada. Las llantas chirriantes y el metal destrozándose contra la madera inundo la carretera antes del silencio.

Por la mañana la policía encontró la camioneta y un rastro de sangre internándose en el bosque. Al seguirlo encontraron el cuerpo desnudo de Mario con el pecho abierto y a su lado a Isabela, herida y cubierta de sangre que repetía sin cesar, mientras tenía entre sus manos el corazón de Mario: "es mío, solo mío, solo mío...".

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