Deus Ex Mort (parte 1)

De todos los inmortales de los que eres hermana eres la más parecida a mí, por eso debo dejarlos a tu cuidado, debes hacerlos volver a mí, ellos son especiales”, la Muerte se levantó de la cama como cada ciclo solar. Una vez más había soñado con las palabras de Essa, aquellas ultimas que le dijo antes de dejarla abandonada en esta roca perdida en algún rincón del multiverso, cuidando a las no tan especiales creaturas. Ella cuidaba simples animales mientras Ya-mbar juega con seres de luz en las pléyades. Los dioses perdonen a Essa por adornar de más éste trabajo y luego no dejarle más que ese cachivatrón con el cual enviar mensajes, que estaba en desuso desde hacía siglos desde que Talidor se había puesto muy explícito en sus postales, pero al menos en ésta roca existía el café, a la muerte le encantaba el café; estaba la Muerte refunfuñando sobre su suerte cuando el cachivatrón brilló y un tubo dorado descendió por el conducto que lo conectaba a la irrealidad del multiverso, la Muerte lo tomó café en mano, le dio un par de sorbos a la taza, leyó las primeras dos líneas y lo único que acompañó al estruendo de la taza al romperse en el piso fue la voz de la Muerte exclamando “¡VALGAME!”.

Melissa abrió las cortinas, miro al cielo y exclamó con desdén, “¡ooooh, despejado!”, habría dado cualquier cosa porque el sol estuviera nublado, pero estaba despejado y un imponente sol brillaba en lo alto, lo que la hacía arrebujarse en las cobijas y no querer salir de la cama. Ella odiaba el cielo azul, no el color, porque al menos así no le causaba esa abrumadora sensación de que era una pequeña mancha en un infinito mar inalcanzable. Le gustaban, sin embargo, los días nublados, las tardes de lluvia y los chaparrones intempestivos de verano. Le fascinaban las estrellas y sus constelaciones, los planetas, asteroides, aerolitos, nebulosas y pulsares. En sus noches más febriles se soñaba en un cohete surcando el cosmos en pos de la aventura, derrotando a piratas espaciales y trayendo el orden a la galaxia; y luego estaba el cielo despejado, azul y homogéneo de esa mañana. Preparó su desayuno y salió al trabajo deprisa, tomó el bus de siempre, ese en el que antes solía viajar el hombre que a veces le quitaba el sueño, en ocasiones se preguntaba que había sido de él, hacia un par de semanas que no le veía; bajo corriendo del autobús sumida en sus pensamientos sin prestar mucha atención a lo que pasaba fuera, entonces fue que la motocicleta le impactó.

“¡Pedazo de estúpido!” se oyó gritar pero el silencio abrumador absorbió sus palabras, como si gritara dentro de una caverna inmensa, se encontraba en  la calle pero todo a su alrededor era gris, no había nadie más que ella y la figura de la túnica negra que parecía estar indecisa frente a una máquina expendedora, Melissa se acercó a ella y le preguntó:
-                        - Disculpe, ¿Dónde estoy?
-                        - Lo IMPORTANTE NO ES “DÓNDE”, SINO “CÓMO” ESTÁS.
-                        - No la entiendo.
-                        -  ESTÁS MUERTA.
-                        - Y tú eres…
-                        -  ASÍ ES. 

La Muerte dejó que la idea se asentara en su cabeza, siempre era difícil, había muchas maneras que las personas tenían que aceptar ese hecho, había quienes se resignaban, quienes exigían alguna especie de paraíso o temían ser enviados a algún infierno, otros parecían no darse cuenta de que habían muerto, eso pasaba en ocasiones, la muerte recordaba con sorna el caso de aquel pobre hombre que se había muerto en su baño y había pasado los siguientes tres días concentrado en el esfuerzo sin obtener ningún resultado.

Las almas son una cosa curiosa en realidad, luego de ser retiradas del cuerpo conservan cierta memoria metafísica, pero no dura para siempre, la muerte las hace volver al multiverso y entonces actúan como un líquido, buscando nuevas formas y adaptándose a algún nuevo cuerpo, obteniendo así una nueva forma. Pero en el caso de ésta chica algo había salido mal, porque en ese instante se desvaneció. La muerte estaba perpleja, Melissa había desaparecido delante de ella, no le había dado oportunidad de dar su discurso inicial, y se le daba bien. Luego de ese sobresalto, medito sobre la noticia de la mañana, era posible que ella misma no pudiera reclamar su alma, era inevitable entonces, necesitaría un segador.

Recorrió el limbo en busca de un alma capaz, vio a un tipo chamuscado que bien podía ser un terrorista o alguien que no había sabido encender su baño; en ambos casos no era prudente, aun recordaba lo que su sobrino Peste había hecho en Europa mientras ella estaba de vacaciones en las playas de la Europa de Júpiter. La muerte siguió viendo a las almas en pena hasta que aquel patético fantasma se apareció entre ellas, el pobre tapaba con un periódico los vestigios de un pasado mortal masculino y cubría, como mejor podía, su retaguardia metafísica. La muerte se le acercó y le dijo:

- PSSST, HACE UN FRÍO QUE MATA, ¿NO ES ASÍ EUGENIO?
- Usted señora mía, ya se ha ensañado conmigo mucho en la otra vida, ¿Por qué insiste ahora?”, dijo el hombre mirándola, pusilánime.
- Admito que aquello me pareció gracioso, pero llevaba prisa - contestó la muerte con su sonrisa eterna
- ¿Prisa, la muerte? – replicó incrédulo.
- Pues sí, tenía que ir a una fiesta, pero dejemos el pasado atrás, ahora quiero proponerte un trabajo.
- ¿un trabajo?
- Claro es uno sencillo, un golpe y te retiras, además te daré una túnica.
- ¿Y una guadaña?
- No, la guadaña es mía, no va dentro de tus prestaciones.
- ¿Y cómo segaría sin una guadaña?
- Puedo darte una hoz

Melissa despertaba de golpe dentro de una ambulancia, los oídos le zumbaban y el aire tenía un sabor acartonado. Un hombre le disparaba un haz de luz en los ojos mientras una mujer guardaba un desfibrilador portátil, seguía viva. Quizás su encuentro con el otro mundo había sido sólo un episodio de su cerebro falto de oxígeno. Sí, eso debía ser. En el hospital le hicieron un par de estudios y revisionesy luego de un par de horas le dieron un buen calmante y le dejaron ir a casa. En el trabajo nadie dijo nada en contra, ya había sido noticia por la mañana. El trayecto en el taxi fue de lo más habitual, aunque le pareció ver al mismo sacerdote bonachón un par de veces. “cosa del calmante” pensó, pero la realidad era otra, una vez que un alma cruza de una dimensión a otra los regresos espontáneos tienen sus consecuencias, Melissa no había visto a ningún sacerdote, había visto a Eugenio que la seguía en su camino intentando descifrar como era que funcionaba su mortífera hoz. Había hecho un par de pruebas con un par de perros callejeros pero la muerte de los perros le había reclamado algo a ladridos mientras señalaba unos relojes diminutos mientras el no entendía ni uno de los furiosos “guau” que el pequeño esqueleto airado vociferaba. Sacó de una de las enormes mangas de su túnica nueva el reloj de arena de Melissa y contempló ese solitario grano de arena estancado en el cuello, tanto él como la muerte lo habían agitado en vano, el grano estaba sostenido por algo más fuerte que ellos, la fuerza de la improbabilidad.

La gente normalmente piensa que la gravedad, la energía cinética, la nuclear y la atómica son de las fuerzas más poderosas que existen, o que los dioses son capaces de todo, sin embargo están equivocados, la fuerza más poderosa que existe es la improbabilidad. Y es que es la única fuerza en tener magnitudes infinitas sin que esto tenga efectos, graves o notorios, en el tejido del universo, claro si es que el espectador sigue en el mismo universo luego del colapso del universo anterior; lo que es bastante probable irónicamente. Ésta desconocida e inexplorada fuerza es aquella que hace perder herraduras a los caballos que llevan un mensaje importante aunque les hayan hecho mantenimiento esa misma mañana; es también aquella que acelera los autobuses cuando vas tarde al trabajo y te obliga a quedarte en la estación o correr inútilmente tras ellos. Es una fuerza poderosa que escapa al control de los dioses y los inmortales, dado que es improbable para ellos atraparla se les escurre siempre de los dedos.

El único recurso que la muerte había dado a Eugenio era su pequeña hoz de plata, y el único atisbo de un plan que tenían era que en cualquier momento el grano cedería, pero para ello sería necesario propiciar que bajara por el cuello, claro que no podía simplemente apuñalar a Melissa por la espalda como cualquier cosa y esperar que funcionara. Había que hacerlo de la manera correcta y ya que estaba en el juego de las cosas improbables, debía ser de esa manera. Lo primero que se le ocurrió fue de lo más habitual dado que ella iba en el taxi en ese momento, él debía hacer que el vehículo sufriera un percance. Haciendo uso de sus nuevas habilidades adelantó al auto lo más rápido que pudo y rajó la llanta de un camión que cruzaba la avenida perpendicular, el taxi se detuvo en seco, en parte porque el semáforo de su carril estaba en rojo y también porque Eugenio se había adelantado seis cuadras. El alma de un neumático elevándose al infinito fue también testigo junto con Eugenio de cómo el taxi giró en la esquina tres cuadras antes de donde estaba el accidente, este tipo de cosas requerían una planeación más elaborada.

Melissa llegó a casa luego de ese rato, puso una tetera sobre la estufa y se recostó en su cama, mientras la sombra de Eugenio analizaba la situación, la chica estaba lejos de la cocina y estaba por quedarse dormida, era una oportunidad más, un incendio serviría pero era demasiado obvio, tanta probabilidad no haría nada contra la inmensa fuerza de lo improbable. Tendría que ser algo que posiblemente no pasaría, algo inesperado, pero de momento no se le ocurría nada. Fue en ese momento en que una figura negra se apareció a su lado. 

-   ¿CÓMO VA EL ASUNTO? – preguntó la muerte.
-      Pues, hago lo que puedo.
-      NO ES SUFICIENTE, SE NOS ACABA EL TIEMPO.
-      Para ser inmortal siempre llevas prisa, ¿no?
-      BUENO, LA ETERNIDAD SERÍA UN SITIO DEMASIADO ABURRIDO SI UNO NO SE TOMARA LAS COSAS EN SERIO, ME GUSTA SER PRODUCTIVA.
-      Entiendo, aunque tenemos todo el tiempo del mundo con ella.
-      EN REALIDAD NO, SI DETIENES UN RELOJ SIGNIFICA QUE UN ALMA QUE DEBERÍA ESTAR EN UN CUERPO ESTÁ ATASCADA EN OTRO.
-      O sea gente vacía y sin alma.
-      PUES…

Continuará...

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